Dr. Alfredo César Dachary

Durante la segunda parte del siglo XX, con el proceso de descolonización se constituyó el primer gran bloque de países recién creados, pobres y en muchos casos neo colonizados desde la ex metrópoli, se llamaban los países del Tercer Mundo, que a su vez eran la masa principal de los no alineados.

En el centro hegemónico estaban los dos países más poderosos: Estados Unidos y la URSS, junto a ellos Japón y los aliados europeos además de Alemania; el resto, los “otros” eran Centro y Sudamérica, África y Asia.

Seis décadas después, la situación ha cambiado, los dos países hegemónicos en conflicto son Estados Unidos y China, y junto a ellos los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, o sea, una mezcla de africanos, asiáticos y sudamericanos, otrora los tercermundistas.

Pero este cambio no es casual. En América ha comenzado un proceso de integración y gestión política conjunto del grupo fuerte del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), más aliados coyunturales que se integran a la Unión de Naciones del Sur (UNASUR), una larga década donde gobiernos progresistas remplazan a los neoconservadores o neoliberales, propensos a estar al servicio de Estados Unidos.

Hoy China es un importante socio comercial de muchos países sur y centroamericanos, está por construir el canal de Nicaragua y participa en grandes obras de infraestructura desde presas a caminos en América, a diferencia de los vecinos del norte, especialmente Canadá, que explota la minería a cielo abierto, uno de los grandes destructores del ambiente y los recursos en esta región.

Europa estalla en el 2008 con la gran crisis y Alemania asume el liderazgo, en un papel que nos recuerda al Banco Mundial cuando espoleaba y empobrecía a Latinoamérica o África, con medidas y recortes que hacían difícil la vida de la población.

Hasta políticamente se da un cambio, ante el fracaso de la neoderecha de los socialdemócratas, los paleros del neoliberalismo, la sociedad ha dejado en Europa de creer en éstos y se va hacia los dos extremos: la ultra derecha que ha crecido mucho en la Unión Europea (UE) como se vio en las últimas elecciones para designar el Parlamento Europeo y una incipiente izquierda, que es más nítida en España con el movimiento Podemos y otros grupos más, que se han comenzado a consolidar ante el fracaso de las políticas de ajustes.

Por oposición, en América, los gobiernos que están manteniéndose en el poder desde hace una década, caminan hacia políticas de corte social con el objeto de reducir la pobreza e incrementar una población emergente que es el motor de nuevas políticas económicas.

La construcción de un Estado que apoye con políticas claras a esta sociedad ha sido un motor de cambio, siendo el país líder Brasil, donde más de treinta millones de brasileros salieron de la pobreza quedando según las estadísticas del PNUD en un 6% de pobres en el 2012, seguido de Bolivia que lo redujo a un 15.6%, Argentina a 6%, Paraguay 21.8%, Venezuela 18.3 y Uruguay dio un gran salto al reducirla a un 2% (PNUD, 2009).

Según el Banco Mundial, China redujo su ratio de pobreza en más de dos décadas del 80% al 14%. Sin embargo, en Estados Unidos como en Europa, “la crisis ha tensionado la pobreza” pero añade que, en ambos casos, “existen factores idiosincráticos que han modulado el impacto, evitando una traslación directa entre el retroceso económico y el aumento de la pobreza”.

En América, el grupo del MERCOSUR rechazó el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), pero se formó uno liderado por México y Colombia, los que se sumaron Chile y Perú, que es la Alianza del Pacífico, que responde a los intereses de Estados Unidos, dividiéndose Suramérica entre los vecinos del Atlántico y los del Pacífico, a excepción de Ecuador que se integra con los gobiernos progresistas de Suramérica.

Una nueva alianza de “amigos

La Unión Europea ha sido uno de los procesos de integración más complejos y más completos, ya que logró un equilibro entre socios a partir de apoyos para el desarrollo de los que tenían menor crecimiento. Lo opuesto se aplicó en América  del Norte donde el TLCAN se hizo sobre las contradicciones y asimetrías entre Canadá y Estados Unidos frente a México, un país con menor desarrollo, por ello en lugar de integrar, profundizó la asimetría y la relación que de ella se deriva.

Los Tratados de libre comercio que propugna Estados Unidos han estado siempre en este tenor, por ello fue que la hoy recordada reunión de Mar del Plata, el entonces presidente Kirchner, fue el encargado de rechazar por estos motivos el ALCA.

Hoy una importante alianza de países encabezados por Brasil, Venezuela, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay a los que se suma Ecuador, han firmado una serie de tratados de integración en infraestructura y manejo de importantes recursos compartidos como los ríos, las tres cuencas importante, la del Plata, la del Amazonas y la del Orinoco, el agua del acuífero Guaraní y otros recursos comunes, a partir de la ampliación y diversificación del MERCOSUR.

Ahora la situación se invierte y el que aparece como perdedor es la Unión Europea que está negociando un “Tratado de libre comercio e inversiones” entre la Unión Europea y Estados Unidos.

Este potencial acuerdo se viene negociando desde junio de 2013 en secreto y en alianza con las grandes corporaciones un Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, aprovechando el hecho de que las barreras arancelarias entre estas dos potencias económicas no son muy significativas, por lo que las negociaciones que se realizan bajo una enorme presión del gran capital global, se están centrando en la privatización y en el desmantelamiento de la protección laboral, ambiental y social.

Este tratado viene a profundizar el proceso de desmantelamiento del estado del bienestar ya que supondría una nueva vuelta de tuerca en el proceso de liberalizaciones y privatizaciones que ya está padeciendo la población europea con las políticas de ajuste estructural que aplica la tristemente célebre Troika y cuyas consecuencias se han traducido en recortes, despidos, pérdida de derechos y de calidad de los servicios, al poner la rentabilidad económica por encima de todo lo demás.

De allí que para los sectores más progresistas europeos las consecuencias no pueden ser otras que el aumento del paro y de la precariedad de la población y de la carga para las clases con menos ingresos, especialmente para las mujeres, que suelen ser las encargadas de cubrir los cuidados más básicos cuando el Estado se desentiende de ellos, lo que profundiza una sociedad patriarcal y desigual.

Este tratado termina afectando a una gran multitud de ámbitos de nuestra vida: agricultura, servicios públicos, derechos laborales, energía, medicina, sanidad, regulación financiera y medioambiente, quizás una de las limitantes que frenan más al capital en explotaciones de recursos, cultura y otros más.

Para cerrar el control total del negocio se ha impuesto un capítulo de “protección de las inversiones” (o sea, los derechos superiores de los inversores) que dificultará revertir en el futuro las políticas neoliberales que se pretenden apuntalar.

Cuando se habla de que el tratado va a generar un crecimiento económico, omiten la información de que esto será 10 años después de entrar en vigor el mismo, y que el beneficio económico de firmar el tratado será de máximo de 545 euros por familia a un mínimo de 45 euros, que si se compara con la inflación, las familias van a perder más en estos diez años de lo que van a ganar.

También se omite comentar que puede haber un desplazamiento de entre 430,000 a 1.1 millones de puestos de trabajo directos en la Unión Europea, tras la firma del tratado, y se prevé que en 10 años puede aumentar un 30% el comercio con Estados Unidos, pero no hablan de que entre los Estados miembros de la UE el comercio disminuirá en un 30%, por lo que se reduciría el empleo.

Cuando la Unión Europea a través de su Troika anunció y ejecutó los ajustes estructurales en las economías más afectadas, como siempre las del sur, Grecia, Italia, en parte, España y Portugal, nos recordó lo que hacía el Banco Mundial con los países de Latinoamérica y hoy lo aplica a sus socios y aliados más cercanos, la Unión Europea, lo que nos lleva a dos conclusiones: la primera, que Estados Unidos no tiene amigos sólo socios y la segunda es que el subdesarrollo y las asimetrías comienzan a cambiar y el marco de estos cambios es la pérdida de la hegemonía económica de Estados Unidos, que se pretende frenar con recientes  guerras en el marco de una nueva “guerra fría”.

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