[testimonials design=”clean” backgroundcolor=”” textcolor=”” random=”” class=”” id=””][testimonial name=”Papa Francisco” avatar=”none” image=”” image_border_radius=”” company=”” link=”” target=”_self”]”Un capitalismo salvaje ha enseñado la lógica de las ganancias a cualquier costo, de dar con el fin de conseguir sin pensar en la explotación de las personas (…) y vemos los resultados en la crisis que estamos viviendo… El ser humano está en “peligro” y en el mundo “no manda el hombre, sino el dinero”.[/testimonial][/testimonials]

Dr. Alfredo A. César Dachary

El Papa Francisco ha logrado sorprender al mundo con una Encíclica excepcional por varias razones, y quizás en mi modesta opinión, la principal ha sido la de poder aterrizar los temas centrales de la agenda mundial con sus responsables y los costos a pagar y, a la vez, recuperando un mensaje desde la perspectiva de la iglesia católica.

Luego y no menos importante ha sido encontrar el punto de equilibrio entre los responsables de esta destrucción del planeta y el sistema dominante en el mundo, algo radicalmente opuesto a la visión de los líderes de los países centrales, que ven esta profunda asimetría mundial y el aumento de la pobreza como algo “natural” y la destrucción de los ecosistemas como algo compartido entre el 1% que disfruta de la riqueza y el poder y la gran masa de pobres que sobrevive en esta sociedad de la opulencia polarizada.

Es una sorpresa y a la vez es la confirmación de un camino pastoral, cuyos resultados ya han tenido la aprobación de una gran mayoría silenciosa y entre ellos destacan la diplomacia Vaticana encabezada por el Papa para lograr convencer al gobierno de Estados Unidos del levantamiento del tristemente célebre embargo comercial a Cuba, uno de los remanentes de la vieja guerra fría.

Hombre de palabra directa, encabeza la primera parte de la Encíclica en un aterrizaje directo y sin vueltas sobre la relación entre la realidad vivida y la fe, dándole a ambas dimensiones su justa medida, al sostener: ”… Las reflexiones teológicas o filosóficas sobre la situación de la humanidad y del mundo pueden sonar a mensaje repetido y abstracto si no se presentan nuevamente a partir de una confrontación con el contexto actual, en lo que tiene de inédito para la historia de la humanidad. Por eso, antes de reconocer cómo la fe aporta nuevas motivaciones y exigencias frente al mundo del cual formamos parte, propongo detenernos brevemente a considerar lo que le está pasando a nuestra casa común…” (punto 17, capitulo primero).

La valentía de enfrentarse a la opinión adversa de los “negacionistas” encabezados por el poder mundial económico y sus gerentes o presidentes de países es un hecho, no casual, sino la exposición de una nueva estrategia de esta institución con más de veinte siglos de existencia, ante la inevitable presencia de amenazas profundas a la vida en el llamado “planeta azul”.

En el punto siguiente se enfrenta al nuevo “mito del mundo global bajo la religión del mercado”, al llamar a no confundir la transformación tecnológica que hoy nos tiene encandilados, frente a la natural lentitud de la evolución biológica y a un costo que no se ve, no se mide, simplemente se oculta.

Así, Francisco sostiene en el punto 18, “… a la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano sostenible e integral. El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad…”.

Un importante grupo de la sociedad, por el poder que representan, apuestan a la estrategia de que nuevas tecnologías salvarán al mundo del deterioro, adentrándose en un terreno complejo, que el Papa logra retomar con un análisis agudo en tan solo unos pocos renglones al afirmar, en el punto 20 de esta Encíclica Laudato Si´, lo siguiente:

“Existen formas de contaminación que afectan cotidianamente a las personas. La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras. Se enferman, por ejemplo, a causa de la inhalación de elevados niveles de humo que procede de los combustibles que utilizan para cocinar o para calentarse. A ello se suma la contaminación que afecta a todos, debida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias que contribuyen a la acidificación del suelo y del agua, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agro tóxicos en general. La tecnología que, ligada a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros”.

¡Cuántos intelectuales habrían querido decir esto! con la claridad del Papa sin ser censurados por los medios, el poder y los factores ocultos que forman parte del modelo de dominación ideológico sobre la vasta población del planeta. Hoy, los que consideramos que el mundo actual es profundamente injusto e inmoral tenemos a la autoridad máxima de la Iglesia Católica con un referente del cual no puede haber dudas al respecto.

Luego de profundizar en los temas de la contaminación principalmente por los desechos, un hecho que ha llegado a la cúspide del peligro al existir, un séptimo continente frente a Estados Unidos, tan grande como éste en el océano Pacífico, formado sólo de basura y aún hay quienes negando esto como todos los costos acumulativos que se vienen dando desde el fracking para explotación petrolera y el gas, a la minería del oro que en México y en toda América está destruyendo ríos, valles y montañas, acorralando pueblos y obligando a los supervivientes a huir o condenarse a vivir en la contaminación.

¿Por qué sigue vivo este espíritu de acumulación de residuos sin más responsabilidad de la que deriva si nos afecta o no? El Papa condena la sociedad desechable, la sociedad del consumo y afirma: “…Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura.

Advirtamos, por ejemplo, que la mayor parte del papel que se produce se desperdicia y no se recicla. Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbívoros; éstos a su vez alimentan a los seres carnívoros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos….” (Punto 22, capítulo primero).

Lo peor es que el principal descarte es el hombre, hoy reducido a una máquina de consumo, impulsado por el llamado de las grandes firmas a consumir, como una forma falsa de ser lo que no se es, todo es  escartable incluida las propias personas, como lo vemos en los pueblos originarios, en las grandes villas de miseria, donde la vida no vale nada por una doble contaminación: la física y la moral diseñada por el falso espejo de las drogas.

Toda esta reflexión lleva al Papa a una primera síntesis que reafirma: “…El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan. Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana. Al concentrarse en la atmósfera, impiden que el calor de los rayos solares reflejados por la tierra se disperse en el espacio. Esto se ve potenciado especialmente por el patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, que hace al corazón del sistema energético mundial. También ha incidido el aumento en la práctica del cambio de usos del suelo, principalmente la deforestación para agricultura”. (punto 23, capítulo primero).

Esta reflexión va al corazón del grupo de los “negacionistas” (el cambio climático si existe es algo “natural”), pero en realidad ellos son el corazón del sistema, por ello no es una crítica más ni en el aire, ha buscado y ha encontrado la correlación entre causa y efecto, y el motivo que mueve esta causa, la irracionalidad de un sistema materialista regido por la falsa premisa de eres lo que consumes.

Esta Encíclica, que es un parteaguas en la historia de la iglesia, viene a alterar el rumbo de un modelo que sólo era cuestionado por “los antisistema” o los anarquistas, como infantilmente se les dice en este país, que son la punta del iceberg del descontento que ya ha estallado en Europa agobiada por el paro, los desahucios y la pobreza y tiene en los continente americano, africano y asiático grandes territorios de supervivencia.

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