[testimonials design=”clean” backgroundcolor=”” textcolor=”” random=”no” class=”” id=””][testimonial name=”W. Shakespeare” avatar=”none” image=”” image_border_radius=”” company=”” link=”” target=”_self”]“Malgasté el tiempo ahora el tiempo me malgasta a mí”[/testimonial][/testimonials]

Dr. Alfredo César Dachary

Cuando pasamos frente a un edificio público, generalmente hay guardias de agencias privadas, que se sostiene sirven para “cuidar” el inmueble y sus equipamientos y registros de trabajo, entre otros. Lo que es una constante, que mientras “vigilan” están conectado a través de su teléfono celular recibiendo WS, correos o manteniendo una conversación por Skype u otro sistema; esto es la fórmula de hoy, menos derechos, más horas de trabajo y la “posibilidad” de tener tiempo disponible para mantener sus charlas, recorrer amigos y otras actividades.

Pero no se trata del guardia del edificio, eso es lo que se ve en la puerta; adentro, las secretarias, los técnicos, los profesionales y los propios responsables mantienen sus conversaciones, no siempre del trabajo, con amigos, clientes u otros actores; al final todos comparten la oficina con el ocio, con el entretenimiento, con la diversión que le permite el celular, la computadora, la tableta u otro equipo de comunicación.

Por ello, hoy es normal hablar de ocio y trabajo, diversión y acción, porque el empleado moderno, que día a día debe ganarse el “privilegio” de estar en la empresa, ya que todos son descartables en la sociedad del use y tire, vive en ésta y para ella, por eso está siempre muchos horas más que ocho y, a veces, más que diez; en ella se dan las dos actividades que en la era anterior eran opuestas e imposibles de unir: diversión y trabajo.

Este ritmo de trabajo que se da, por ejemplo, en las grandes empresas del Valle del Silicio en California, Estados Unidos, tiene como contrapartida las recompensas para empleados, que muchas veces se conviertan en un motivo suficientemente atractivo como para cambiar de empleo.

Como se trata de gente que “vive en la empresa” no sólo incluyen refrescos, batidos o café recién hecho, sino que también le permiten que se lleve el perro a la oficina, con tal de que esté domesticado y no sea alérgico a los perros el vecino de escritorio, porque habría un conflicto de gustos, que incidiría en la productividad de los empleados.

Por ejemplo, dentro de Google, en Mountain View, tienen una lavandería para que sus empleados que están todo el día en la planta haciendo cosas diversas, combinen lavado con trabajo y ocio, una nueva forma de “domar” a los trabajadores, cuando se les reducen los derechos, hacerlos sentir libres en medio de una sofisticada explotación.

También hay mesas de pimpón en casi todas las oficinas de nuevo cuño, también una sala de videojuegos (la alienación comienza en casa), aperitivos de dudosa aporte, como los snack que sirven para consumir poco y sentirse activo y cafeína en todos los formatos posibles; están como en su casa, con la diferencia que están produciendo y eso se mide mensual o semanalmente.

Las comidas, que son además de un necesario premio para el sujeto, se transforman en una especie de reconocimiento al trabajo, por ello hay comida italiana, tailandesa o mediterránea y eso en los restaurantes internos de la compañía; otros optan por contratan el cáterin, ya que la comida para llevar o enviada es hoy parte fundamental en la cotidianidad del norteamericano.

La idea es que los empleados tengan tiempos para algo diferente al trabajo es coherente, ya que estos tiempos forman parte del mismo porque al final evitan las distracciones de la vida cotidiana y que los trabajadores, creadores y técnicos se centren en el trabajo. Los resultados esperados son que cuanto más satisfechos y despreocupados estén son más productivos y pasan más tiempo en la oficina; este modelo de explotación “consentida” es fruto de un mercado competitivo y selectivo que abre las puertas a pocos jóvenes talentos.

Desde la oficina se hace todo lo que antes se debía hacer en la casa y un ejemplo es la compra con Instacart (la inteligencia artificial), un juego de palabras que recuerda remotamente a la red de retoque de fotos Instagram y al carrito de la compra, la cual se hace escogiendo entre diferentes supermercados, sin necesidad de ordenador y también renovar pedidos automáticos.
Este sistema de abastecimiento del “hogar” es muy eficiente ya que siempre la entrega del pedido suele ser muy puntual, pero tiene sus reglas: el pedido mínimo son 10 dólares y si se gasta más de 70 no cobran gastos de envío.

Pero es la parte superficial de la experiencia que se crea, ya que es mucho más que un sistema de pedidos de supermercado a domicilio, debido a que en la medida en que se usa este sistema, el motor de inteligencia artificial aprende del comportamiento del cliente y “automáticamente” lo que él considera que se “agotó” pone en el carrito.

Instacart sabe que el papel higiénico o el jugo de naranja se renuevan cada cierto tiempo, también qué productos estaría dispuesto a probar, pero la culminación de esta experiencia se da cuando, basándose en lo que suele comprar, llega a ofrecerle los ingredientes para hacer una ensalada César u otros platos, recetas que se basan naturalmente, en los propios gustos del “cliente cautivo”.

Cuando se trata de limpiar la casa, la web tiene la solución adecuada a cada gusto, en base a la cercanía de la misma a través de Homejoy, sistema que se encarga de buscar la empleada doméstica a un precio razonable, 25 dólares la hora.

Las lavanderías tradicionales de monedas son remplazadas por tintorerías en pleno reciclaje al mundo digital, cobran por peso la ropa a 1,05 dólares por libra (453 gramos), y permiten al cliente que ejerza sus propias “manías” o gustos como es el de mandar el detergente y el suavizante, para que huela como le gusta al cliente, que como no está en la casa se debe manejar de otra manera.

El solicitante deja una bolsa colgada en la puerta y la recogen por la mañana, cuando vuelve está ahí y no teme que un intruso se apropie de la ropa ya que el sistema incluye un candado con código digital que sólo saben las dos partes y un GPS que sigue dónde está.

Todos los servicios son posibles de tomar desde cualquier celular, pero para que ello sea posible además hay que tener una tarjeta de crédito, forma única de pago en este tipo de transacciones domésticas, un riesgo que siempre está presente en este mundo en que no sólo los servicios se trasladan a la web, sino también la delincuencia, que encuentra en este nuevo continente el mejor de los mundos para delinquir.

Pero no sólo servicios directos al cliente son posibles de lograr en la web, hay muchas otras cosas posibles y todas tienen en común la gran expansión de la inteligencia artificial y la robótica, dos ejes en la construcción de un futuro como el que estamos empezando a visualizar o a vivir.

Otro caso de “auxiliares para la vida o el trabajo “ es el de Ken Schwencke, periodista y programador de Los Angeles Times, que fue el primero en dar la noticia de que la ciudad de Los Ángeles había sido sacudida por un terremoto, que lo despertó a las 6:25 de la mañana del lunes 17 de marzo, encendió la computadora y se encontró con una historia breve sobre lo ocurrido, cortesía de un robot, un algoritmo desarrollado por él y que bautizó con el nombre de “Quakebot”.

El papel de Quakebot en la rápida confección del material sobre la historia del terremoto llevó a los observadores de la industria a discutir el papel de los robots en el periodismo del futuro, donde uno de los principales exponentes de este “nuevo” periodismo robótico es Noam Lemelshtrich, rector de la Escuela de Comunicaciones del Centro Interdisciplinar de Herzliya, en Israel.

Desde mediados del siglo pasado, la computadora ha estado ayudando a los periodistas a redactar y a descubrir hechos, a través de la prospección y análisis de datos que ayudaron a los periodistas a encontrar datos y hacer periodismo de investigación.

De allí que no se trata de algo nuevo, pero lo que está sucediendo ahora es que esos nuevos programas de inteligencia artificial (IBA) recopilan los hechos y redactan la historia en una fracción de segundo.

En la actualidad, ya hay historias publicadas en Forbes y en otras revistas que no han contado con ninguna intervención humana, en donde el programa de IBA escribe la historia y el nombre acreditado del periodista, en realidad, es el nombre de un robot, y ya hay una empresa llamada Narrative Science, en Illinois, que ya hace eso y está recibiendo mucho dinero de los inversores.

Como los periodistas robots son baratos, eficientes y rápidos en vista de las implicaciones económicas, creemos que el periodismo robótico debería crecer rápidamente, algo que los más optimistas consideran la llegada del periodismo robótico como la inauguración de una nueva era realmente positiva, en que los periodistas no desaparecerán, pero se verán forzados a pensar de nuevo en cómo hacer análisis innovadores y más profundos.

La tecnología sigue penetrando todos los ámbitos y con ello nos anuncia que todos somos descartables, o sea, reemplazables, todo es cuestión de tiempo. Y es el tiempo el que está en juego, la rapidez y la eficiencia en un mundo donde la velocidad no significa mejorar la calidad de vida sino aumentar las ganancias, un eufemismo que le denominamos “incremento de la competitividad”.

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