[testimonials design=”clean” backgroundcolor=”” textcolor=”” random=”no” class=”” id=””][testimonial name=”Günter Grass” avatar=”none” image=”” image_border_radius=”” company=”” link=”” target=”_self”]“Melancolía y utopía son cabeza y cola de la misma moneda”[/testimonial][/testimonials]

Dr. Alfredo César Dachary

Los atlas del mundo van cambiando acorde se logran nuevas tecnologías para tener una perspectiva más clara de los territorios que estudian, sin embargo, hay otro tipo de atlas que no requiere de esas tecnologías, sino que fue creado por constructores de imaginarios, para promover el turismo e identificar cada país con un baile, música, comida, etc.

Así tenemos un México del mariachis y el tequila para unos y el del campesino con el sombrero grande durmiendo sobre un nopal, dos visiones que pueden ser muy ciertas pero que no logran sintetizar a México, pero el turismo las impuso como una visión media de lo que cada país representa, y ésta ha ido cambiando pero manteniendo parte de este “atlas original”.

Hablar de Brasil es pensar en el carnaval, el momento más alegre del año para muchos brasileños y más para los visitantes, pero el carnaval no es todo. Brasil es un acontecimiento que se lo ha elevado a la categoría de ícono para identificar a este gran país, que posee la mayor reserva verde del planeta: el Amazonas.

Así podemos seguir hablando no sólo de América, sino de Europa, los escoceses se identifican con una gaita y una falda; los franceses con la Torre Eiffel o Notre Dame; los españoles con el jamón serrano, vino y flamenco; los italianos con la torre de Pisa, las pastas, la pizza y la calle saturada de murmullos, gritos y ruidos típicamente latinos.

El turismo nos ha impuesto una identidad para que nos reconozcan, una identidad de mercadotecnia para que la gente visite el país, una identidad simplificada porque el turista viaja y se divierte, no toma cursos de historia o geografía, aunque algunos lo puedan hacer, aprenden la historia a veces distorsionada que cuentan los guías o se imaginan la sociedad en base a lo que pueden ver.

Esta es la contra cara de los que piensan que el turismo permite consolidar la identidad nacional, como es el caso de Perú cuya nueva Ley General de Turismo Nº 29408, aprobada en el 2013, sostiene que el desarrollo del turismo contribuye a fortalecer el proceso de identidad e integración nacional, promoviendo en especial la identificación, rescate y promoción del patrimonio inmaterial con participación y beneficio de las poblaciones locales.

Pero sostienen que para ello hace falta una educación orientada a los niños y jóvenes de los destinos turísticos y la gran mayoría de las ciudades del país que ya son destinos por diferentes atractivos y motivos. Esto implica asumir que el turismo transforma y que la manera de poder entender y aprovechar este potencial en beneficio del país es educando, algo que tradicionalmente no ocupa un lugar en la agenda de educación.

El turismo es visto, de manera errónea,como un servicio que debe ser operado por empresarios, y ello no implica un compromiso de éstos con la sociedad para promover una visión donde se desarrolle el orgullo por el patrimonio heredado, sea tangible o no, esto sería lo óptimo para que los niños y jóvenes entiendan porque viene gente a la región, en que nos beneficia y en se beneficia ésta y cada uno de los ciudadanos.

Las colonias de pobres que rodean a las ciudades turísticas son el permanente recordatorio que no puede haber una sociedad dual extrema, que el turismo genera crecimiento pero también una gran deuda social con los que emigran para trabajar y que no pueden asumir plenamente el costo de esos cambios, un número muy elevado en los diferentes países, y en México lo conocemos bien.

Por ello, el orgullo nacional y conciencia turística deberían forman parte de un proceso educativo de gran escala en el que ambos corren juntos, y no podemos hablar de desarrollo turístico sin antes haber logrado que el ciudadano se sienta vinculado a sus valores y recursos turísticos locales, que sienta que es algo que beneficia a la región, y por ello debe tener una actitud cuidadosa del manejo de éstos pero también abierta para saber compartir, es decir, sentirse partícipe directo de lo suyo para conocerlo, respetarlo, conservarlo, difundirlo y mostrarlo.

Así el hombre de la calle asume inusitadas responsabilidades frente al fenómeno turístico puesto que es el actor permanente del desarrollo de la ciudad y es él quien muchas veces encara, en su cotidiano quehacer o en el simple hecho de transitar por la vía pública, todos los conceptos, los juicios y tal vez los propósitos que conlleva en sí el turismo y con ello genera un importante aporte al desarrollo del mismo, expresado en una actitud positiva y responsable.

Pero, sin embargo, el Estado no ha podido lograr que la sociedad sienta suyo su patrimonio y que asuma no solamente el deber de sentirlo como parte de su cotidianidad, sino afrontar la responsabilidad que le toca como heredera directa de los bienes culturales, que no son pocos, y Ésta es una de las grandes limitaciones de la sociedad principalmente de los más jóvenes para entender el turismo como una actividad económica que los beneficia y que se basa en conocer la cultura patrimonial, social, gastronómica o imaginaria de este pueblo.

Los grandes esfuerzos por desarrollar grandes obras de infraestructura como carreteras, represas, puentes, colegios, parques y estadios no son suficientes para lograr que el turismo sea aceptado como una estrategia para que la región y el país crezca.

Hace falta desarrollar algo diferente, que no “se ve” pero se siente que es la autoestima social, el orgullo de ser habitante del país, el espíritu, lo cual le da sentido de identidad cultural y los ciudadanos pasan de ser testigos ausentes a actores presentes dispuestos a proteger y, a la vez, abrir estos patrimonios heredados, y ello se revertirá haciéndolos más orgullosos de su historia y de su presente, que son la base para creer en el futuro.

De allí la importancia de destacar que la identidad cultural y la conciencia turística son valores fundamentales basados principalmente en la cohesión del orgullo ciudadano y la educación en función del turismo; ambos son elementos que no pueden ir separados. No podemos hablar de un auténtico desarrollo turístico sin antes haber forjado una auténtica identidad o conciencia turística de amor por nuestro patrimonio.

El turismo es un modelo muy complejo que no sólo se nutre de grandes obras sino que requiere políticas hacia el interior, porque el ciudadano ve como llega gente al destino, como vive y lo que gasta y si no tiene la menor opción de poder hacerlo se siente diferente en su tierra, será un ciudadano de segunda que no tendrá ningún interés en el turismo.

Un ejemplo de estos nuevos tiempos y del peso del turismo en la sociedad actual, son los museos, que en el contexto actual se diseñan para interactuar mejor con las comunidades en las que están insertos y con los turistas, que son sus más habituales consumidores, así se logra integrar al museo y su entorno, o sea, combinar el patrimonio cultural y el aprovechamiento turístico.

Por ello, hoy el museo ha pasado a servir a una sociedad de masas donde el turismo es un hecho irreversible y redefinir sus funciones, que antes se limitaban a la conservación e investigación además de exhibir el patrimonio, y hoy promueven la difusión y divulgación de manifestaciones propias del lugar y representativas de la multiculturalidad, conjugando múltiples funciones desde la del comunicador a la educativa y la lúdica.

El pasado es la garantía del presente y la base del futuro, entenderlo y asumirlo es un doble ejercicio que nos permite llegar a ser mejores ciudadanos y además mejores anfitriones en esta nueva forma de exportación lúdico-cultural, que es el turismo, la única exportación que se consume en el lugar donde se produce.

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