[testimonials design=”clean” backgroundcolor=”” textcolor=”” random=”no” class=”” id=””][testimonial name=”Anonimo” avatar=”none” image=”” image_border_radius=”” company=”” link=”” target=”_self”]“Sólo se posee aquello de lo cual uno puede desprenderse; de lo contrario no se es poseedor, sino poseído”[/testimonial][/testimonials]

Dr. Alfredo César Dachary

Décadas atrás, los jóvenes mayoritariamente estudiantes u obreros calificados tenían grandes ganas de divertirse y vivir la vida, luego de dos grandes guerras, y con ello consumir el tiempo en fiestas y también comprando como parte de un ritual que cada vez era más fácil de acceder. Pero junto a esto había utopías, había ideas de que era posible un mundo mejor, más justo, más equitativo, menos racista, y antes que nada menos trágico, ya que las guerras continuaban, emergían nuevas formas de lucha como el terrorismo, nuevas amenazas se masificaban, como la droga, y un conflicto construido para enfrentarnos a los diferentes: “el mundo musulmán”.

Al existir metas utópicas o posibles había un sentido de destino, que servía de guía para el camino; hoy todo esto se ha borrado y el mundo ya sin utopías vive de dos realidades que en realidad es una, ganar más para consumir más, tener más para ser considerado más, aparentar lo que no se es y vivir la fantasía de un mundo ficticio ya sea en un consumo imposible de sostener o en la droga, difícil fiscalmente de aguantar, ambos escenarios se tocan en el fin.

Por ello, la sociedad del consumo es aquella que ocupa todos los resquicios de tiempo, incluido el del trabajo, la que permea el mundo laboral y entra por la misma ventana que las órdenes. La computadora ofreciéndote fantasías de consumo en medio del trabajo es la forma que trabajo y ocio se hacen una sola realidad, que deja al sujeto sin saber cuál es una u otra.

Pero para algunos países, especialmente en Europa, donde la modernidad y el estado del bienestar han llegado al tope y han comenzado un difícil camino sin regreso, aparecen ciertos temas que dan la sensación de que la sociedad del consumo total comenzaba a dar signos de agotamiento y será remplazada por un sucedáneo mientras el sistema se perfecciona y genera una mayor asimetría planetaria, sin más justificativo que el ejercicio del poder.

Consumir mucho y lo más caro ya no convence a la gente que piensa porque sabe que lo más caro es lo más publicitado, es lo mejor presentado, lo que es vendido en lugares donde se debe pagar el lujo de exposición y que todo tiene una fecha de caducidad, porque deja de operar, o porque deja de estar de moda o porque el sujeto se aburre, siempre hay una causa.

Esta visión sumada al ajuste de los ingresos de la mayor parte de la población y la pérdida de los beneficios que le garantizaba el estado del bienestar, está llevando a muchos ciudadanos, la mayoría jóvenes, sector donde la desocupación tomó más fuerza, a buscar nuevas variables para lograr algo que podría ser definido como menos consumo o un consumo “amigable”.

También incide mucho en estas nuevas generaciones el tema de la sustentabilidad, y se busca productos que son creados de manera sustentable y son pagados en su valor real a los verdaderos productores y no a los especuladores, en lo que se conoce como “el comercio justo”.

Pero estas nuevas alternativas podrían ser los primeros indicios de que la sociedad del consumo generó más vacíos que satisfacciones y que las nuevas generaciones de los países más ricos, que formaron un clase media, hoy amenazada por los ajustes neoliberales, está planteándose a través de una nueva generación opciones alternativas que alejen al sujeto de la alienación total que genera el consumo como forma de vida y única opción de existencia.

La caducidad u obsolescencia programada es una estrategia comercial basada en el diseño y la fabricación del producto destinado a desgastarse rápidamente o perder su atractivo, lo cual obliga al consumidor a adquirir un nuevo producto sustituto y desechar el anterior, con lo cual termina enterrando un antiguo oficio: los reparadores de productos eléctricos, mecánicos y otros.

Por ello, llama la atención que se están ampliando los universos de compradores que se integran a las redes de productos de segunda mano, como es el caso en América Latina de Mercado Libre donde si se necesita cualquier cosa, se puede comprarla de segunda mano, o si se quiere vender o cambiar lo que sea, se coloca un aviso y se espera a un comprador o trocador.

Esto no es algo nuevo, en Argentina, en la crisis del 2001 se multiplicaron los mercados de trueque y llegaron a toda la sociedad, generando nuevos modelos de dinero para hacerlo valer en los trueques, y durante la etapa de la larga crisis la sociedad puedo sostenerse y “sobrevivir”, algo antes impensado.

Esta misma estrategia ahora se puede hacer a través de potentes aplicaciones que multiplican en varios órdenes de magnitud el alcance y la precisión de la información, y gracias a ello podemos encontrar rápida y exactamente el producto que necesitamos, el más cercano a nuestra casa y con el precio más conveniente.

Esto ha llevado a un auge de nuevas tiendas a ritmo rápido, en el caso de España, este tipo de consumo ha crecido un 33% entre 2008 y 2011 y con ello surgen nuevas webs de este tipo con aplicaciones geolocalizadas pensadas para móviles, a fin de tener un acceso en tiempo real en zonas donde se busca un producto.

Las cosas de segunda mano, que originalmente se vendían en la “ventas de garage”, pueden incidir en una nueva generación de reparadores, que estén ayudando a recuperar artículos que la fábrica le da vida útil corta y la creatividad del artesano la prolonga, una costumbre que la sociedad del consumo pretende erradicar y hacer de todo lo que consumimos desechable, rompiendo las redes y relaciones entre artesanos, artistas, operadores y consumidores que implicaba el prolongar la vida de las cosas.

Y en medio de una sociedad individualista y poco solidaria, renacen estos principios que nos quisieron erradicar y, entre ellos, destaca el hecho de que florecen los grupos de compra y cooperativas de consumo de alimentos, de energía y de otras cosas, como el ofrecer una maceta con albahaca a un huerto urbano de media hectárea.

Otros se acercan al mercadillo local de la esquina de su colonia con artesanías y otras ofertas que ellos realizan hasta proyectos mayores como el de participar en un grupo de cría y consumo de productos de la tierra.

Hay diferentes grupos solidarios, como los que pertenecen a la comunidad de propietarios de un aerogenerador de 50 metros de altura a los que participan en una cooperativa de fabricación y venta de energía solar, o en la operación de producir abono orgánico, tierra para cultivo, entre otros.

El regreso al colectivo es un síntoma de recuperación de ciertos principios y prácticas que habían dejado de darse, por ello es que cada vez hay más opciones de compra colectiva, cooperativas y, en general, de abastecimiento de recursos imprescindibles como la comida y la energía manteniendo un cierto control sobre el origen y la calidad del producto, frente a una masividad sin control eficiente y a especuladores que no escatiman nada en favor de aumentar sus ganancias.

Pero este regreso a la “confianza” que el individualismo neoliberal quería borrar va más allá de la producción y entra en el mundo del ocio y hoy es normal que se pueda pasar una semana en una bella ciudad o campiña muy a gusto sin pagar un hotel, el intercambio de casas o la renta del jardín para colocar la tienda de campaña o la renta del sofá al viajero joven, rompen con la definición de turismo respecto al alojamiento, a la comida, las diversiones y ocio en general, todo esto es negociable hoy fuera del mundo comercial tradicional de agencias y empresas especializadas.

Un ejemplo de estos cambios lo da la red de alojamiento compartido Airbnb que comentó con sorna la intención de la cadena Marriott de añadir varios miles de plazas hoteleras en un año y ellos respondieron “Nosotros las añadiremos en dos semanas”, las redes potencializan estas ofertas y animan a muchos que han vivido aislados por miedo y temor al que no se conoce abriéndose un mundo de oportunidades que nunca lo había soñado.

Esto no tiene límite ya que estas redes de gente pionera que pretenden dinamizar la vida sin quedar esclavizados por deudas de la tarjeta, buscan nuevas opciones con la misma fuerza y velocidad que el sistema las encuentra para aumentar su nivel de acumulación mundial, son dos mundos diferentes que tienen objetivos y principios distintos; son el preámbulo de nuevos cambios de una sociedad que conoció el bienestar y hoy transita la tragedia de la inestabilidad.

Por ello no podemos dejar de pensar en nuevos modelos de cooperación, que permitan romper las barreras que engañosamente el sistema ha tejido sobre la solidaridad; será posible ver a grupos en red poniéndose de acuerdo para un viaje y así poder rentar un avión que será un reflejo de los tiempos compartidos, un “jet compartido” sin agencias intermediarias, algo que hoy es normal en los autobuses particulares que grupos sociales de bajos ingresos contratan para poder tener unas vacaciones.

Solidaridad, cooperación y confianza, pueden ser nuevos principios, esperemos que el BM o el FMI no los tomen como opción porque si no se transformarán en nuevas mercancías que le darán “mayor competitividad a este modelo global de la sociedad del consumo”.

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